jueves, 30 de junio de 2011

El Asado



Una vez más, introdujo la llave en la cerradura silenciosa. Abrió la puerta crujiente, la soledad le dijo “Buenas noches Roberto”. El departamento seguía con ese asqueroso hedor de persona solitaria.


Cincuenta y dos años y una vida entera de trabajo para esto – pensaba el hombre mientras iba encendiendo las luces perezosas – para llegar acá… el club de los desalmados. Pensar que los chicos están con Graciela. Cómo los extraño… más que nada los gritos de Laurita. El fin de semana los voy a llevar a zoológico. Y si a Graciela no le gusta, la verdad ya ni me importa. Ella no tiene que pudrirse en este agujero sin sus hijos.


El reloj marcó las nueve en punto, y el estómago reconoció la señal. Todavía no se había sacado la corbata y el saco, abrió la heladera que despedía una enferma luz amarillenta.


¿Cómo puede ser que un hombre que trabaja doce horas por día tenga que encargarse además de ir al supermercado? Nada, vacío. Ni una mísera lata de atún para comer con pan. A ver… a ver en este tarro… ¡Ah, lo que me faltaba! Medio tomate rancio.


Revisó los estantes de la heladera y los recovecos. La cuenta total dio un tarro de mayonesa, medio tomate rancio, perejil, una taza de café, un cartón de leche vacío, dos botellas de agua y una rodaja de pan de salvado Light. El estómago empezaba a emitir su desagradable concierto.


Bueno viernes a la noche… ¿Quién me puede prohibir darme un gustito, no? ¡Eso! ¿Por qué no se me ocurrió antes? Mmm... Ya esta. La parrilla de Don Bosco me llama. Si Robertito, hoy es tu noche. Vamos a comer un asadito que te vas a chupar los dedos.


Cerró la heladera, agarró las llaves, apagó un par de luces y salió.


La noche era sacada de una película romántica, con la salvedad de que él no era el protagonista, solo un actor extra que caminaba solo. Algunas parejas enamoradas cruzaban su camino, algunas familias también. El frío típico de Mayo lo abrazaba, por lo menos algo lo abrazaba. Se enroscó el cuello con la bufanda mullida y gris y apuró el paso. El estómago seguía repicando los tambores.


¡Qué denigrante caminar por la noche de Buenos Aires! Va… no caminar, sino caminar solo. ¿Por qué la gente me mira así? ¿Qué me tienen, lástima? Yo también estuve en ese pedestal aunque no parezca. Yo también tuve mi momento de gloria y se lo refregué al resto por la cara. ¡Tengo un hambre! Y el estómago no me deja de hacer ruido. Por suerte la parrillita queda cerca porque sino me muero desnutrido. Ahí… ¡Ahí te veo, paraíso!


Roberto entró al lugar. Nada muy ostentoso, algunas mesas desparramadas, manteles baratos, los vasos de distintos juegos. Y la parrilla que coronaba el fondo. Las carnes esparcidas asándose y el delicioso e inconfundible aroma del asado argentino.


-Buen día señor – lo saludó un hombre que parecía ser el dueño- ¿es usted solo?


-Que pregunta más molesta – pensó Roberto –esta gente se ensaña en demostrarle a uno el real sentido de la soledad.


-Si, mesa para uno por favor – respondió entre dientes.


El dueño le indico una mesa bastante pequeña y circular situada cerca de un rincón. Mantel rojo de plástico, apoya platos inexistente y dos servilletas de papel. El hombre se dirigió al lugar indicado, acomodó el saco en el respaldo, se desajusto la corbata y la camisa y aguardó que lo atendieran.


-Enseguidita le traigo lo que falta – le avisó un camarero mientras atendía la familia de al lado - ¿ya sabe qué va a pedir?


-Si, traeme algunas achuras, y un poco de asado. ¡Ah! Una ensalada de tomate y lechuga y un vinito.


-¿Para uno el asado?


-Si… para uno – respondió mientras lo aniquilaba con la mirada.


Realmente no entiendo a esta gente. ¿Qué no se dan cuenta de que no hay nadie más conmigo? ¿O acaso tengo un amigo invisible que ni yo lo veo? Por favor, lo que uno tiene que aguantar para poder comer un asado.


El estómago parecía incontrolable, y la visión de esa parillada que no llegaba a su plato no ayudaba a calmarlo. Al cabo de un tiempo, volvió el camarero, trayendo una gran bandeja humeante con el pedido. Depositó todo en la mesa roja, descorchó el vino, después le alcanzó el pan y se retiro con un “que lo disfrute”.


Al fin ha llegado mi momento – pensaba el hombre observando aquella comida espectacular- la pinta que tienen estos chorizitos. Bueno a ver, empiezo por un chorizo y media morcilla. Después le doy duro al asado, y si me quedo con hambre me como la otra morcillita. Ahora te vas a calmar pancita…


Se intentó masajear el estómago, cómo para darse aliento para la tarea que le aguardaba. Mas cuando su mano iba a tocar la camisa, siguió de largo. El hombre se miró a si mismo sorprendido, y vio un gran agujero vacío en donde debería estar su estómago y parte de su cuerpo. Podía ver el respaldo de la silla a través de ese agujero enorme. Cuando alzó la vista, notó que su plato contenía sus propias vísceras.


¡Por favor que ha ocurrido! – se alarmó para sí mismo - ¿Cómo puede ser esto? ¿Este es mi estómago y mi hígado, o estoy viendo mal? ¿Cómo pudo pasar esto? pero… pero cómo puede ser que tenga tan buen aroma. Mmm… y yo tengo tanta hambre. Podría probar un bocado… ¡No! ¡La gente me acusaría de canibalismo! Uh... pero no aguanto el hambre. ¿Qué hago? – Miró a los otros comensales, pero nadie parecía haber notado el extravagante agujero en su estómago- Bueno nadie se va a dar cuenta, con probar un poco no pasa nada.


Decidido entonces a comenzar su cena, buscó los cubiertos. Cuando los iba a agarrar, se dio cuenta que tampoco tenía dedos. Miró el plato humeante, y allí estaban, embebidos en una salsa de cebolla y zanahorias.


¡Válgame! ¿Y ahora, los dedos también? ¿Cómo se supone que yo pueda comer si no puedo agarrar los cubiertos? ¡Será de Dios! A ver cómo me las ingenio… Después tengo que felicitar al cocinero, porque esto tiene un aroma delicioso. Bueno, qué papelón que me voy a mandar, un hombre serio como yo.


Acerco su rostro al plato de vísceras humeantes que lo esperaba en la mesa. Abrió la boca para dar un gran mordisco al primer pedazo de carne que tocara. ¡Paf! Todo se volvió negro. Los ojos se le habían caído en la salsa manchando el mantel y la camisa. No veía nada, pero el delicioso aroma que se potenciaba seguía ingresando por las ventanillas de su nariz.


-Disculpe señor, le acercó la cuentita – escuchó decir al camarero.


-Si, a ver querido me la podes leer porque no se si te das cuenta que no veo nada.


-Eh… si bueno. Son 40 pesos con cincuenta y dos años, el amor de su vida y sus dos hijos, por favor.


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