martes, 30 de agosto de 2011

Café de París

Denise
La calle de adoquines comenzaba a reflejar los atisbos de un sol naciente, cuando nosotros ya habíamos comenzado a armar las pequeñas mesas redondas sobre la vereda. La labor matutina había empezado temprano, y yo disfrutaba de aquella tarea diaria. Nuestro pequeño Café estaba situado a mitad de una angosta cuadra que era suficiente para acaparar el espíritu parisino. Los faroles ahora sin luz me traían el recuerdo de la mística noche de mi ciudad. Las pequeñas ventanas rectangulares de las viviendas circundantes comenzaban a desperezarse, y entre los humildes balcones florales se asomaba uno que otro vecino. Hugo, mi fiel ayudante y camarero, estaba en el fondo del local apilando unas sillas mientras yo salí para acomodar los centros de mesa. Estaba ensimismada intentando que las flores quedaran en la posición deseada cuando escuche el primer saludo matutino.
-Buen día señora.
Volteé ante aquella voz que no reconocía, pues esperaba encontrar a mi habitual clienta de las mañanas, la señora Florianne, quién es admiradora de mis arreglos florales. Para mi sorpresa me encontré con una hermosa joven, de tez pálida y ojos oscuros y penetrantes. Tenía el cabello de un impactante negro azabache, brillante y corto, al estilo de las mujeres de París de los años veinte. Su vestimenta era muy sencilla, yo diría adecuada para el horario del día en que nos encontrábamos, pero dejaba adivinar una perfecta y sensual figura escondida. Me quede observándola antes de poder saludarla, pues sentía que de aquellos grandes ojos de pestañas abundantes emanaba una pasión que me apabullaba.
-Buenos días – contesté con voz amable - ¿Desea que le prepare una mesa para el desayuno?
-No, gracias. He venido a ofrecerme para trabajar como mesera en su Café. Ya he trabajado antes en este tipo de empleo y podría serle de utilidad.
La observé mientras pensaba si realmente me hacía falta una camarera más. Hugo cumplía bastante bien todas las tareas que le asignaba y no me traía ningún tipo de problema. Sin embargo, esta muchacha me daba una sensación de confianza que no podía dejar de lado. Había algo en aquellos ojos que me inspiraban un profundo cariño.
-¿Cómo te llamas? – le pregunté.
-Elizabeth.
-Bueno Elizabeth, podría funcionar. Puedes quedarte una semana de prueba y luego veremos.

Elizabeth

Me calcé el delantal rojo que uso cada día en el Café. Como siempre desde que trabajo aquí, Denise comienza a acomodar las mesas a las 6.30 de la mañana, y con Hugo nos encargamos de las otras tareas. Durante estos dos años nos hemos hecho muy buenos amigos, aunque lamentablemente a veces tengo la sensación de que sus intenciones sobrepasan el límite de la amistad. Cada vez que finaliza mi jornada de trabajo, disfruto escogiendo alguna de las flores que sobran de los centros de mesa, las margaritas son mis preferidas, aunque entre ellas y yo existe un gran contraste de color. Las llevo en mi cabello hasta llegar al Canal Saint Martin, en donde sus aguas aguardan pacientes a que mi flor se sumerja en ellas. Allí las dejo caer cada noche, y luego mis pasos se pierden entre las calles serpenteantes.
El angosto pasaje del Café es tranquilo durante las mañanas y se alborota un poco en las tardes sin llegar a estar abarrotado de personas o automóviles. Denise es una excelente señora, muy exigente como jefa, pero se puede adivinar en cada una de sus acciones la pasión que siente por este lugar.
El día de hoy estuvo tranquilo, los clientes alegres y la música acogedora. En el antiguo tocadiscos, que hace juego con la ambientación antigua del Café, Denise colocó un disco de pasta de Edith Piaf. Su voz me transporta a otras épocas evocando una extraña sensación en mi pecho. Ya estaba cayendo la noche, el gorrión de París continuaba cantando en el local, los faroles de la vereda ya habían encendido su aureola difusa y dorada. Estaba limpiando una mesa en el interior, mientras sonaba “Non Je ne regrette rien”, uno de mis temas favoritos, cuando atravesó la puerta un hombre. Vestido en un sobretodo gris, traía una pequeña carpeta marrón bajo el brazo. Sus cabellos castaños parecían alborotados con los susurros del viento. Se deslizó caminando tranquilo y eligió la mesa de al lado de la ventana, apoyó su carpeta sobre la madera limpia y se perdió contemplando la calle del exterior. Me alisé el delantal, y recogí una nomeolvides para adornar mi peinado. Me acerqué al hombre para tomarle el pedido, entonces él alzo la vista mostrándome por primera vez sus ojos verdes. Era más joven de lo que aparentaba, y despedía un aire de tranquilidad que nunca había sentido antes. En ese momento quise inundarme en aquel verde placentero y tuve unos deseos incontrolables de acariciar aquel rostro. Supe en ese instante, que el mero contacto visual había iniciado entre nosotros una relación silenciosa y apasionada. Le serví un pequeño café y me retire, mirándolo de cuando en cuando, deseando que nunca se vaya. El hombre saco unas hojas de la carpeta y comenzó una lenta escritura, desviándose en su mundo de letras. De lejos espíe el nombre de la obra que escribía con tanta paciencia, se llamaba “Café de Paris” y por algún motivo me sentí honrada.
Comenzó a visitar el lugar casi todos los días a la misma hora, repitiendo el ritual. Empecé a arreglar mis vestidos, eligiendo los más bellos para intentar deslumbrarlo. Una noche antes de retirase luego de haber escrito varias hojas, por fin habló:
-Las noches de París y sus recónditas calles piden por ser vividas y descubiertas. Hay una invitación en cada esquina. ¿No quieres ir a buscarlas conmigo? Quizás veamos juntos los naufragios de tus florecillas.
Aquella noche me enamoré de esta ciudad y de aquel escritor, Frédéric.

Denise

Mis manos repletas de arrugas no amainaban ante la labor matutina, ya que no hay un solo día en que no disfrute armando los centros de mesa, a pesar de lo que años pesen en mi cuerpo. Últimamente suelo estar más nostálgica que de costumbre, aunque siempre encuentro el reparo en mi Café y la calle de adoquines. Desde que Elizabeth no trabaja más aquí las cosas han cambiado. Hugo continúa ayudándome con la misma energía de cuando era joven, pero sin embargo el lugar ha perdido parte de su esencia. Aguardo las tardes en las que ella vuelve a aparecer, con sus ojos profundos y su cabello corto, siempre una flor en el pelo y llevando el delantal rojo, como si aún continuara trabajando. Allí se sienta, en la mesa de la ventana mientras pierde su mirada a través del reflejo. Los años del amor con el escritor han pasado, pero el vacío ha empapado su alma. Atraviesa la puerta, se dirige al tocadiscos y coloca la voz de Edith Piaf, allí se queda entonces, suspendida en el tiempo y el recuerdo.
-¿Qué es lo que miras? –Me preguntó una tarde Hugo – Siempre te encuentro observando aquella mesa.
- Elizabeth – contesté despacio – Elizabeth y su encanto apagado. El escritor le ha cambiado la vida…
- Se cuenta – continuó mi ayudante – que Frédéric se suicidó en el Canal Saint Martin, pero otros dicen que en realidad huyó de París. ¿Usted sabe lo que ocurrió realmente?
-Bueno, no podría decirlo con certeza, pues nadie lo sabe. Luego de una de las tantas noches que salió con Elizabeth no volvió a aparecer, la joven nunca más ha hablado, ni en aquellos días ni ahora.
-¿Ni ahora? – me dijo Hugo sorprendido.
-No, siempre se sienta ahí en aquella mesa, sumergida en el silencio y en la música de la cantante, pero nunca dice nada. Mírala pobre, con los ojos tan perdidos.
-Denise – dijo él despacio- la mesa de al lado de la ventana está vacía, no hay nadie allí.


Frédéric

Luego de tanto tiempo he vuelto a París, a sus calles encantadas, a sus noches románticas, a sus misterios de amor. Es extraño volver a caminar por estas veredas, los recuerdos de mis primeros años de escritor me vienen a la mente en cada instante. Nunca olvidé a la joven camarera y a sus profundos ojos negros. Su amor era verdadero, aunque yo no pude responderle. Aún guardo su flor en mi libro, una hermosa nomeolvides marchita por el tiempo.
Caminé hasta el Canal dónde ella hacia navegar sus florecillas, recordando su perfume y su cintura. Me perdí luego entre algunos pasajes iluminados y llegue hasta una calle angosta. Casi a mitad de cuadra vi un gran terreno baldío, tengo la sensación de que allí estaba el lugar donde la conocí. Me pregunto qué habrá sido de su vida… y del Café. El día que lo sepa, escribiré una historia en honor a su amor perdido. Podría llamarla “Café de Paris”.