viernes, 16 de septiembre de 2011
jueves, 8 de septiembre de 2011
El Oficio
martes, 30 de agosto de 2011
Café de París
La calle de adoquines comenzaba a reflejar los atisbos de un sol naciente, cuando nosotros ya habíamos comenzado a armar las pequeñas mesas redondas sobre la vereda. La labor matutina había empezado temprano, y yo disfrutaba de aquella tarea diaria. Nuestro pequeño Café estaba situado a mitad de una angosta cuadra que era suficiente para acaparar el espíritu parisino. Los faroles ahora sin luz me traían el recuerdo de la mística noche de mi ciudad. Las pequeñas ventanas rectangulares de las viviendas circundantes comenzaban a desperezarse, y entre los humildes balcones florales se asomaba uno que otro vecino. Hugo, mi fiel ayudante y camarero, estaba en el fondo del local apilando unas sillas mientras yo salí para acomodar los centros de mesa. Estaba ensimismada intentando que las flores quedaran en la posición deseada cuando escuche el primer saludo matutino.
-Buen día señora.
Volteé ante aquella voz que no reconocía, pues esperaba encontrar a mi habitual clienta de las mañanas, la señora Florianne, quién es admiradora de mis arreglos florales. Para mi sorpresa me encontré con una hermosa joven, de tez pálida y ojos oscuros y penetrantes. Tenía el cabello de un impactante negro azabache, brillante y corto, al estilo de las mujeres de París de los años veinte. Su vestimenta era muy sencilla, yo diría adecuada para el horario del día en que nos encontrábamos, pero dejaba adivinar una perfecta y sensual figura escondida. Me quede observándola antes de poder saludarla, pues sentía que de aquellos grandes ojos de pestañas abundantes emanaba una pasión que me apabullaba.
-Buenos días – contesté con voz amable - ¿Desea que le prepare una mesa para el desayuno?
-No, gracias. He venido a ofrecerme para trabajar como mesera en su Café. Ya he trabajado antes en este tipo de empleo y podría serle de utilidad.
La observé mientras pensaba si realmente me hacía falta una camarera más. Hugo cumplía bastante bien todas las tareas que le asignaba y no me traía ningún tipo de problema. Sin embargo, esta muchacha me daba una sensación de confianza que no podía dejar de lado. Había algo en aquellos ojos que me inspiraban un profundo cariño.
-¿Cómo te llamas? – le pregunté.
-Elizabeth.
-Bueno Elizabeth, podría funcionar. Puedes quedarte una semana de prueba y luego veremos.
Elizabeth
Me calcé el delantal rojo que uso cada día en el Café. Como siempre desde que trabajo aquí, Denise comienza a acomodar las mesas a las 6.30 de la mañana, y con Hugo nos encargamos de las otras tareas. Durante estos dos años nos hemos hecho muy buenos amigos, aunque lamentablemente a veces tengo la sensación de que sus intenciones sobrepasan el límite de la amistad. Cada vez que finaliza mi jornada de trabajo, disfruto escogiendo alguna de las flores que sobran de los centros de mesa, las margaritas son mis preferidas, aunque entre ellas y yo existe un gran contraste de color. Las llevo en mi cabello hasta llegar al Canal Saint Martin, en donde sus aguas aguardan pacientes a que mi flor se sumerja en ellas. Allí las dejo caer cada noche, y luego mis pasos se pierden entre las calles serpenteantes.
El angosto pasaje del Café es tranquilo durante las mañanas y se alborota un poco en las tardes sin llegar a estar abarrotado de personas o automóviles. Denise es una excelente señora, muy exigente como jefa, pero se puede adivinar en cada una de sus acciones la pasión que siente por este lugar.
El día de hoy estuvo tranquilo, los clientes alegres y la música acogedora. En el antiguo tocadiscos, que hace juego con la ambientación antigua del Café, Denise colocó un disco de pasta de Edith Piaf. Su voz me transporta a otras épocas evocando una extraña sensación en mi pecho. Ya estaba cayendo la noche, el gorrión de París continuaba cantando en el local, los faroles de la vereda ya habían encendido su aureola difusa y dorada. Estaba limpiando una mesa en el interior, mientras sonaba “Non Je ne regrette rien”, uno de mis temas favoritos, cuando atravesó la puerta un hombre. Vestido en un sobretodo gris, traía una pequeña carpeta marrón bajo el brazo. Sus cabellos castaños parecían alborotados con los susurros del viento. Se deslizó caminando tranquilo y eligió la mesa de al lado de la ventana, apoyó su carpeta sobre la madera limpia y se perdió contemplando la calle del exterior. Me alisé el delantal, y recogí una nomeolvides para adornar mi peinado. Me acerqué al hombre para tomarle el pedido, entonces él alzo la vista mostrándome por primera vez sus ojos verdes. Era más joven de lo que aparentaba, y despedía un aire de tranquilidad que nunca había sentido antes. En ese momento quise inundarme en aquel verde placentero y tuve unos deseos incontrolables de acariciar aquel rostro. Supe en ese instante, que el mero contacto visual había iniciado entre nosotros una relación silenciosa y apasionada. Le serví un pequeño café y me retire, mirándolo de cuando en cuando, deseando que nunca se vaya. El hombre saco unas hojas de la carpeta y comenzó una lenta escritura, desviándose en su mundo de letras. De lejos espíe el nombre de la obra que escribía con tanta paciencia, se llamaba “Café de Paris” y por algún motivo me sentí honrada.
Comenzó a visitar el lugar casi todos los días a la misma hora, repitiendo el ritual. Empecé a arreglar mis vestidos, eligiendo los más bellos para intentar deslumbrarlo. Una noche antes de retirase luego de haber escrito varias hojas, por fin habló:
-Las noches de París y sus recónditas calles piden por ser vividas y descubiertas. Hay una invitación en cada esquina. ¿No quieres ir a buscarlas conmigo? Quizás veamos juntos los naufragios de tus florecillas.
Aquella noche me enamoré de esta ciudad y de aquel escritor, Frédéric.
Denise
Mis manos repletas de arrugas no amainaban ante la labor matutina, ya que no hay un solo día en que no disfrute armando los centros de mesa, a pesar de lo que años pesen en mi cuerpo. Últimamente suelo estar más nostálgica que de costumbre, aunque siempre encuentro el reparo en mi Café y la calle de adoquines. Desde que Elizabeth no trabaja más aquí las cosas han cambiado. Hugo continúa ayudándome con la misma energía de cuando era joven, pero sin embargo el lugar ha perdido parte de su esencia. Aguardo las tardes en las que ella vuelve a aparecer, con sus ojos profundos y su cabello corto, siempre una flor en el pelo y llevando el delantal rojo, como si aún continuara trabajando. Allí se sienta, en la mesa de la ventana mientras pierde su mirada a través del reflejo. Los años del amor con el escritor han pasado, pero el vacío ha empapado su alma. Atraviesa la puerta, se dirige al tocadiscos y coloca la voz de Edith Piaf, allí se queda entonces, suspendida en el tiempo y el recuerdo.
-¿Qué es lo que miras? –Me preguntó una tarde Hugo – Siempre te encuentro observando aquella mesa.
- Elizabeth – contesté despacio – Elizabeth y su encanto apagado. El escritor le ha cambiado la vida…
- Se cuenta – continuó mi ayudante – que Frédéric se suicidó en el Canal Saint Martin, pero otros dicen que en realidad huyó de París. ¿Usted sabe lo que ocurrió realmente?
-Bueno, no podría decirlo con certeza, pues nadie lo sabe. Luego de una de las tantas noches que salió con Elizabeth no volvió a aparecer, la joven nunca más ha hablado, ni en aquellos días ni ahora.
-¿Ni ahora? – me dijo Hugo sorprendido.
-No, siempre se sienta ahí en aquella mesa, sumergida en el silencio y en la música de la cantante, pero nunca dice nada. Mírala pobre, con los ojos tan perdidos.
-Denise – dijo él despacio- la mesa de al lado de la ventana está vacía, no hay nadie allí.
Luego de tanto tiempo he vuelto a París, a sus calles encantadas, a sus noches románticas, a sus misterios de amor. Es extraño volver a caminar por estas veredas, los recuerdos de mis primeros años de escritor me vienen a la mente en cada instante. Nunca olvidé a la joven camarera y a sus profundos ojos negros. Su amor era verdadero, aunque yo no pude responderle. Aún guardo su flor en mi libro, una hermosa nomeolvides marchita por el tiempo.
Caminé hasta el Canal dónde ella hacia navegar sus florecillas, recordando su perfume y su cintura. Me perdí luego entre algunos pasajes iluminados y llegue hasta una calle angosta. Casi a mitad de cuadra vi un gran terreno baldío, tengo la sensación de que allí estaba el lugar donde la conocí. Me pregunto qué habrá sido de su vida… y del Café. El día que lo sepa, escribiré una historia en honor a su amor perdido. Podría llamarla “Café de Paris”.
miércoles, 13 de julio de 2011
Las Pasiones
Las dos pasiones
Se libran en batalla
Letras y pinceles;
Palabras y colores;
Literatura y pintura.
Se mueren, se matan,
Se codician, enferman.
Buscan victoria en la lucha.
Se odian, se aman.
Como sea, ganar.
Desde lejos, colérica,
La mirada del pincel.
Fusila a la pluma que escribe.
-¡Eso es mío!-
Grita
-¡Devuélveme esa imaginación!-
Y las palabras regocijantes
Se empapan de la creación
Deliciosa es la victoria
Pues he podido escribir
Mi propia historia
Valiéndome de esta mano que me guía.
¿Estaré tomando control
Sobre la mano que me crea?
¿O es solo la ilusión
Creada por la mano que me escribe
En la que he caido?
viernes, 1 de julio de 2011
jueves, 30 de junio de 2011
El Asado
Una vez más, introdujo la llave en la cerradura silenciosa. Abrió la puerta crujiente, la soledad le dijo “Buenas noches Roberto”. El departamento seguía con ese asqueroso hedor de persona solitaria.
Cincuenta y dos años y una vida entera de trabajo para esto – pensaba el hombre mientras iba encendiendo las luces perezosas – para llegar acá… el club de los desalmados. Pensar que los chicos están con Graciela. Cómo los extraño… más que nada los gritos de Laurita. El fin de semana los voy a llevar a zoológico. Y si a Graciela no le gusta, la verdad ya ni me importa. Ella no tiene que pudrirse en este agujero sin sus hijos.
El reloj marcó las nueve en punto, y el estómago reconoció la señal. Todavía no se había sacado la corbata y el saco, abrió la heladera que despedía una enferma luz amarillenta.
¿Cómo puede ser que un hombre que trabaja doce horas por día tenga que encargarse además de ir al supermercado? Nada, vacío. Ni una mísera lata de atún para comer con pan. A ver… a ver en este tarro… ¡Ah, lo que me faltaba! Medio tomate rancio.
Revisó los estantes de la heladera y los recovecos. La cuenta total dio un tarro de mayonesa, medio tomate rancio, perejil, una taza de café, un cartón de leche vacío, dos botellas de agua y una rodaja de pan de salvado Light. El estómago empezaba a emitir su desagradable concierto.
Bueno viernes a la noche… ¿Quién me puede prohibir darme un gustito, no? ¡Eso! ¿Por qué no se me ocurrió antes? Mmm... Ya esta. La parrilla de Don Bosco me llama. Si Robertito, hoy es tu noche. Vamos a comer un asadito que te vas a chupar los dedos.
Cerró la heladera, agarró las llaves, apagó un par de luces y salió.
La noche era sacada de una película romántica, con la salvedad de que él no era el protagonista, solo un actor extra que caminaba solo. Algunas parejas enamoradas cruzaban su camino, algunas familias también. El frío típico de Mayo lo abrazaba, por lo menos algo lo abrazaba. Se enroscó el cuello con la bufanda mullida y gris y apuró el paso. El estómago seguía repicando los tambores.
¡Qué denigrante caminar por la noche de Buenos Aires! Va… no caminar, sino caminar solo. ¿Por qué la gente me mira así? ¿Qué me tienen, lástima? Yo también estuve en ese pedestal aunque no parezca. Yo también tuve mi momento de gloria y se lo refregué al resto por la cara. ¡Tengo un hambre! Y el estómago no me deja de hacer ruido. Por suerte la parrillita queda cerca porque sino me muero desnutrido. Ahí… ¡Ahí te veo, paraíso!
Roberto entró al lugar. Nada muy ostentoso, algunas mesas desparramadas, manteles baratos, los vasos de distintos juegos. Y la parrilla que coronaba el fondo. Las carnes esparcidas asándose y el delicioso e inconfundible aroma del asado argentino.
-Buen día señor – lo saludó un hombre que parecía ser el dueño- ¿es usted solo?
-Que pregunta más molesta – pensó Roberto –esta gente se ensaña en demostrarle a uno el real sentido de la soledad.
-Si, mesa para uno por favor – respondió entre dientes.
El dueño le indico una mesa bastante pequeña y circular situada cerca de un rincón. Mantel rojo de plástico, apoya platos inexistente y dos servilletas de papel. El hombre se dirigió al lugar indicado, acomodó el saco en el respaldo, se desajusto la corbata y la camisa y aguardó que lo atendieran.
-Enseguidita le traigo lo que falta – le avisó un camarero mientras atendía la familia de al lado - ¿ya sabe qué va a pedir?
-Si, traeme algunas achuras, y un poco de asado. ¡Ah! Una ensalada de tomate y lechuga y un vinito.
-¿Para uno el asado?
-Si… para uno – respondió mientras lo aniquilaba con la mirada.
Realmente no entiendo a esta gente. ¿Qué no se dan cuenta de que no hay nadie más conmigo? ¿O acaso tengo un amigo invisible que ni yo lo veo? Por favor, lo que uno tiene que aguantar para poder comer un asado.
El estómago parecía incontrolable, y la visión de esa parillada que no llegaba a su plato no ayudaba a calmarlo. Al cabo de un tiempo, volvió el camarero, trayendo una gran bandeja humeante con el pedido. Depositó todo en la mesa roja, descorchó el vino, después le alcanzó el pan y se retiro con un “que lo disfrute”.
Al fin ha llegado mi momento – pensaba el hombre observando aquella comida espectacular- la pinta que tienen estos chorizitos. Bueno a ver, empiezo por un chorizo y media morcilla. Después le doy duro al asado, y si me quedo con hambre me como la otra morcillita. Ahora te vas a calmar pancita…
Se intentó masajear el estómago, cómo para darse aliento para la tarea que le aguardaba. Mas cuando su mano iba a tocar la camisa, siguió de largo. El hombre se miró a si mismo sorprendido, y vio un gran agujero vacío en donde debería estar su estómago y parte de su cuerpo. Podía ver el respaldo de la silla a través de ese agujero enorme. Cuando alzó la vista, notó que su plato contenía sus propias vísceras.
¡Por favor que ha ocurrido! – se alarmó para sí mismo - ¿Cómo puede ser esto? ¿Este es mi estómago y mi hígado, o estoy viendo mal? ¿Cómo pudo pasar esto? pero… pero cómo puede ser que tenga tan buen aroma. Mmm… y yo tengo tanta hambre. Podría probar un bocado… ¡No! ¡La gente me acusaría de canibalismo! Uh... pero no aguanto el hambre. ¿Qué hago? – Miró a los otros comensales, pero nadie parecía haber notado el extravagante agujero en su estómago- Bueno nadie se va a dar cuenta, con probar un poco no pasa nada.
Decidido entonces a comenzar su cena, buscó los cubiertos. Cuando los iba a agarrar, se dio cuenta que tampoco tenía dedos. Miró el plato humeante, y allí estaban, embebidos en una salsa de cebolla y zanahorias.
¡Válgame! ¿Y ahora, los dedos también? ¿Cómo se supone que yo pueda comer si no puedo agarrar los cubiertos? ¡Será de Dios! A ver cómo me las ingenio… Después tengo que felicitar al cocinero, porque esto tiene un aroma delicioso. Bueno, qué papelón que me voy a mandar, un hombre serio como yo.
Acerco su rostro al plato de vísceras humeantes que lo esperaba en la mesa. Abrió la boca para dar un gran mordisco al primer pedazo de carne que tocara. ¡Paf! Todo se volvió negro. Los ojos se le habían caído en la salsa manchando el mantel y la camisa. No veía nada, pero el delicioso aroma que se potenciaba seguía ingresando por las ventanillas de su nariz.
-Disculpe señor, le acercó la cuentita – escuchó decir al camarero.
-Si, a ver querido me la podes leer porque no se si te das cuenta que no veo nada.
-Eh… si bueno. Son 40 pesos con cincuenta y dos años, el amor de su vida y sus dos hijos, por favor.
jueves, 23 de junio de 2011
Soñando no ver

Se corría el maquillaje. La almohada era una obra de arte. El océano en el que dormían los ojos, torrente inagotable. Teñidos de gris estaban los muebles, de noche se vestía su rostro. No había lugar, ni un centímetro escaso. No había espacio, ni siquiera para la punta de un alfiler. De ninguna forma había manera, para un atisbo de torcedura de labios apuntando al cielo. Se retorcía, se doblaba, se asustaba y volvía. Llenaban el aroma el silencio de las lágrimas. Esperaba en el armario el recuerdo inalterable. La abrasadora neblina del sueño se disipaba, se escuchaban a lo lejos unos pasos. Cada vez más cerca, avisando su llegada. Caminar en suelo de pinches no había sido suficiente, faltaba algo más. Se estaba acercando, lentamente. Podía casi sentir su presencia, oír su respiración. Que la alfombra esconda su sombra, que la sabana mimetice su cuerpo, que nadie la encuentre. Los pasos se acercan. Retumbo cual murga en carnaval unida a un funeral, sacudió como huracán con pizcas de terremoto, golpeo como patada de corcel al borde del colapso nervioso. Llego y la encontró, no pudo escapar. Hola realidad.
miércoles, 22 de junio de 2011
Los ojos del amor

martes, 21 de junio de 2011
Las cronicas del tiempo
¿Qué hora es? Las veintidós con 54 minutos, 31 segundos. Increíble como pasa el tiempo. No falta mucho para las once y Micaela no regresó todavía. ¿Cuánto mas tarde piensa volver? No se estos padres ya no son padres. Alberto tendría que estar viendo esto, él pondría las cosas en orden. ¿Castigo o bendición? ¿Qué culpa tiene un pobre viejo como yo de seguir funcionando? Si alguien me escuchara lo que tengo para decir. Años que llevo encima, años en esta cocina, viendo pasar los días. Pero claro, nadie se digna a mirar para acá. El único este Patricio, que igual anda siempre corriendo. Yo no se… antes no era así la gente. ¿Será que estoy viejo ya? Mejor viejo y funcionando que moderno e inservible. Me quieren sacar, me quieren sacar de esta casa… Laura ya viene hablando de eso hace rato. La escuche, yo mismo la escuche: “hay unos que están buenos, podríamos averiguar, un cambio no es tan terrible”. No lo puedo creer, estoy indignado, quieren desecharme ¿Qué soy un estorbo? ¿Acaso no los ayudo todos los días? A ellos qué les importa, no entienden ni saben nada. Ay Albertito como se te extraña últimamente. Ese sillón tuyo sigue ahí, lo miro todos los días y aún me parece verte sentado leyendo. Tranquilidad, paciencia. ¡Eso falta! ¡Qué me castigue el cielo por seguir acá hoy día! Y a mi nadie me va a sacar de donde estoy, no señor. Vi como les cambiaban los pañales a todos estos. Vi como se le caían los dientes de leche, y me quieren venir a sacar ahora. A ver, ya falta poco para las once, bueno a juntar fuerza, vamos viejito demostra que todavía funcionas. Ya casi, unos segunditos. Bueno fuerza, fuerza, fuerza y… ¡¡las once!! “Tan, tan, tan” Ay, que hermoso sonido que todavía puedo hacer sonar
lunes, 20 de junio de 2011
contrapunto entre la voz del texto y la voz de la imagen
Me gustan las tardes, la ciudad tiene su magia. Pasear entre las calles y que mis pasos sean de sombra, desapercibidos entre las pisadas del asfalto. Entre el mar de miradas perder la mia en la excentricidad del urbanismo, mezclarme entre la gente. Delicia al degustarme cual fantasma levitando entre la nebulosa de personas. Simpleza de mis pasos, mi vista y yo.
viernes, 17 de junio de 2011
ella y el
La miro, con ojos profundos de canción,
dulces de miel, sedientos de pasión.
Desde aquel sillón aterciopelado,
la piel de ella respondía al llamado.
Expectante, deslumbrante.
Los labios carnosos mostraron una milésima de sabor.
Suficiente fue el resplandor.
Suave el movimiento, acarició su cabello,
Lo conocieron sus dedos, desvistiendo el cuello.
La diminuta gota de amor que por allí bajaba,
las siete maravillas en ellos encontraba.
Asombrosa combinación,
momento exacto de pasion.
El tacto encantado busco continuar.
El cuerpo deseoso de dejarse llevar.
Su boca esquiva los cálidos labios.
Saborea curvas de placeres extraordinarios.
El corazón que vive, los ojos que callan,
los labios que nuevos idiomas hallan.
El mundo parece girar. El universo, cambiar.
La realidad comienza a volar.
La espalda curvada, vestida en sus manos.
La mas fina elegancia, degustada por humanos.
Sus ojos cerrados,
dulcemente apretados.
No hay oscuridad,
no existe el dolor.
Solo ven la claridad,
Solo sienten el sudor.
Su pelo y sus manos,
su piel y su pecho,
su boca y su cuello.
Todo su cuerpo.
Ella y el.
O DE OTRA
La miro, ojos profundos
Aquel sillón, carnoso
La piel respondia
Miel sedienta
en los labios
deslumbrantes
suficiente sabor
Solo ven la calridad
Solo sienten el sudor
asombrosa combinación
Desvistiendo el movimiento
gota de amor busca continuar
labios hallando nuevos idiomas
Momento exacto, tacto encantado
La espalda desnuda, curvada, libre
Vestida entre sus manos y sabanas
cuerpo deseoso, suaves los dedos
La realidad comienza a volar
Placeres en boca de sabor
Dulcemente apretados
La mas fina elefancia
El corazón que vive
Su pelo y sus manos
Su piel y su pecho
Su boca y su cuello
Todo su cuerpo
Ella y el.
palabras
Las palabras son una herramienta para que el alma pueda encontrar una expresión. Palabras son aquellas que juntas son la armonía, mas separadas conllevan significado y sentimiento, que se potencia al unirse unas con otras. Palabras son las que inundan nuestras mentes, pero milagro es la forma en el que dentro de ese mar nervioso y profundo, sube una ola crispada, inspiración. Sube uniendo en puente las palabras que se vuelven de pronto bellas. Emocionarse cuando uno escribe no es un fenómeno que la ciencia pueda explicar, no es una fórmula que hay que seguir. Sino que simplemente es la forma de esa ola perfecta que se alza en la marea de pensamientos, palabras, vivencias y recuerdos para cobrar vida ante nosotros. Deja de ser aire, deja de ser viento, deja de ser irreal. Porque en nuestro mundo, en este mundo tan fantástico como prisionero, se vuelve realidad la más estrambótica de las palabras, las ideas y los personajes tienen pulso y laten fuertes.


