jueves, 8 de septiembre de 2011

El Oficio


Era el momento del día en que descansaría, si no fuera porque algo le preocupaba. Ya se había acostumbrado a ese ritmo de vida: dormir de día, trabajar de noche. A veces tenía que comenzar con algunos detalles aún cuando el sol no había caído, además del trabajo nocturno, eso lo irritaba. Algunos preparativos sencillos, típicos de rutina. Cuando le encargaban un caso nuevo, normalmente comenzaba por las tardes, o apenas empezara a anochecer. En realidad podría obviar esa parte del trabajo, pues solo conseguía información muy superficial y nunca era suficiente. Pero era tan detallista y perfeccionista que sacrificaba parte de su descanso para que su trabajo estuviera excelente. Decidido entonces a que el receso no era propicio, comenzó con las labores previas. Como siempre, solo tenía un nombre, y el resto dependía de él. No le costó mucho encontrarla, tenía una habilidad especial para aquellas maniobras. A pesar del tiempo de experiencia que tenía en este trabajo, cada vez que emprendía un caso nuevo, comenzaba la discusión con ese al que él llamaba “Amoroso enemigo”.
-Siempre lo mismo, ¿Qué no lo entiendes? Es mi trabajo, así que déjame hacerlo en paz y hazte a un lado por favor – le decía una y otra vez. El amoroso enemigo siempre intentaba ejercer sus engañosas influencias para lograr el declive de sus objetivos. Pero la sólida ideología le hacía frente y triunfaba de vuelta.
Una vez que se deshizo del personaje, retomo su trabajo de recolección de información. Revisó sus ojos claros, la comisura de sus labios, la forma de sus manos, su vestimenta, las líneas de la almohada en el rostro, los párpados hinchados, y un par de detalles más. La encontró con unas hojas en frente, y la mirada perdida en el vacío. Luego de inspeccionarla unos segundos concluyo que se encontraba frente a una chica de no más de veinte años, muy soñadora, aspirante a convertirse en escritora o dibujante, amante del sueño placentero y de las siestas, y algo le decía que en algún lugar guardaba un amor. No pudo averiguar más en aquel momento. Se retiró invisible, mientras iba planificando el trabajo que le aguardaba para la noche.
Las sombras se hicieron largas, ella volvía a su casa disfrutando de los últimos rayos de sol que se filtraban entre los árboles, mientras pisaba las hojas secas del otoño.  Pasaron las horas de luz, de a poco aparecieron las primeras estrellas en el cielo, el frío iba subiendo rápidamente las calles, a lo lejos unas nubes se asomaban de reojo. Él siguió a su caso durante todo el tiempo, hasta el momento en que la hora del sueño se iba arrimando.  Ella les dio las buenas noches a sus dos hermanos y a sus padres, entró en la pequeña habitación y apagó las luces. Se acomodó entre sábanas y frazadas, y cerrando los ojos, esperó el momento en que su inconsciente se hiciese cargo de su ser. La hora del trabajo había comenzado, él calculó el tiempo aproximado del que disponía antes de que ella se quedara dormida. Se deslizo despacio ingresando por primera vez en la profundidad de su alma, ella sintió un suave malestar, pero no le dio importancia. Aquella parte era la más interesante, ante él aparecían todas las vivencias, recuerdos, sentimientos, culpas, anhelos, ilusiones y fracasos que ella había tenido. Los revisó con cuidado, e intentando no hacer mucho ruido allí dentro, separó lo que le pareció más significativo. Revisó otra vez el objetivo que le habían encargado, tenía que llegar a niveles muy altos, esperaba haber recolectado lo suficiente como para cumplir, a pesar de que esa chica le caía bien.
Comenzó por donde siempre, se situó en su cabeza y empezó a revolver con fuerza. Distorsionaba alguna que otra información para agravar la situación. Las lágrimas comenzaron a aparecer despacio, el proceso iba en marcha. La mezcla continuaba girando allí en la mente, así que bajo hasta la garganta. Realizó allí también sus manualidades, apretando fuerte. Le disparó a un recuerdo, hizo florecer la escena de un beso una tarde de primavera. Continúo el descenso, las cosas le estaban saliendo bien, las lágrimas ya salían a borbotones, la mezcla mental no se detenía y la garganta estaba atada. Llegó al pecho y lo oprimió dificultando su respiración. Mientras aniquiló un par más de emociones, revivió unas malas experiencias que había encontrado en un rincón, revolvió la escena de otro beso, pero la alejo despacio, ese era un método infalible. Los niveles de tristeza iban subiendo. Ella se sacudía, se escondía, pero él no la abandonaba. Su trabajo era paciente y minucioso, y estaba dando resultados.
De pronto, ella buscó un papel a tientas en la oscuridad, prendió una luz solitaria, y con un pequeño lápiz comenzó a garabatear unas palabras. Él no abandono su labor, pero se acercó para ver qué escribía ese trazo tambaleante. Entonces leyó despacio:
Sentía un dolor en el pecho
Lo experimentaba, lo meditaba
Era profundo y hueco
No se como, pero
Se conectaba con las cuencas
De mis ojos
Estaba cubierta de plomo,
Pesado
Añoraba algo
Recordaba un beso,
Lejano.
El pecho estaba mas solo
Paciente,
El dolor seguía allí.
-entra y destrúyeme,
Pero te ruego
Deja aquella tarde intacta
Cuando te vayas,
Pues pretendo sobrevivir-
Dije al fin.

Cuando termino de escribir, él releyó las últimas estrofas, y con una sonrisa torcida le dijo
-Concedido.

1 comentario:

Anónimo dijo...

falopera deja de imaginar el mundo de algodon, y miremos el mundo de color.
Tengo los ojos de la verdad pero la verguenza del destino, melodias sin sonido y acordes de amor, Nadie sabe como vivir. pero escribamos sobre eso sin saber q es el destino del hacer. Besos pau! Te quiero. A.T